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Cuando
los españoles llegaron al Tahuantinsuyu
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encontraron una civilización distinta, ordenada social y
políticamente bajo la visión y concepto del hombre
andino, sin la influencia de las sociedades avanzadas
que se desarrollaban en el viejo continente. Hallaron
una fauna y flora rica en variedad, especies "raras"
nunca vistas por el ojo europeo captaron rápidamente su
interés y curiosidad.

Muchas de estas especies fueron llevadas a España como
curiosidades del Nuevo Mundo y dentro de ellos unos
extraños perros que carecían de pelo.
Un
manuscrito original e inédito, que se conserva en Madrid
contiene anotaciones de un tal Francisco de Hernández
donde cuenta que "...en la Nueva Galicia
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existe una casta de perros sin pelo, de cuero liso
pintado, de forma de perdigueros, aunque son algo
mayores y tienen el modo de ladrar distinto a los demás,
de los cuales el príncipe Carlos nuestro señor tiene
uno".
En tiempos más recientes el escritor peruano Guillermo
Gallardo nos refiere que "...al llegar Felipe el Hermozo
de España, presentáron le algunas curiosidades llegadas
de las tierras occidentales recientemente descubiertas.
El miércoles 22 de Junio de 1502 quedóse el yerno de los
Reyes Católicos en su alojamiento, pero le enseñaron dos
cosas muy nuevas: la una fue un perro completamente
negro que no tenía ningún pelo y alargaba su hocico
según la forma de una negra; la otra un papagayo verde
no más grande que un monito, hablando de lo que es
creíble".
Estas
versiones recogidas y narradas por los primeros
cronistas que llegaron con las huestes expedicionarias
de Francisco Pizarro son las primeras noticias que
tenemos sobre la existencia del Perro sin Pelo del Perú.
Sin embargo, su origen es una historia aún no contada,
que nos remonta mas de dos mil años atrás, perdiéndose
en la oscuridad del tiempo.
Durante
el período formativo de la sociedad andina los
desarrollos regionales predominaban a lo largo de la
actual costa y sierra peruana. Una vez producido el
dominio de la agricultura empieza la formación de
señoríos teocráticos que se extienden en el tiempo hasta
después del inicio de la era cristiana. Quizás la más
antigua muestra que la unión del hombre y el perro,
iniciada hace miles de años, también cobraba importancia
para el antiguo poblador andino
es
el descubrimiento en la caleta de Puémape en San Pedro
de Lloc, de entierros de perros que compartían el
cementerio con los pobladores de su época,
pertenecientes a la Cultura Salinar
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y cuyos restos arrojaron una antigüedad de
aproximadamente 300 años a.C.
Durante aquella época floreció la Cultura
Chavín (1200-400 a.C). Considerada
por la mayoría de los arqueólogos como la más antigua
sociedad andina y cuyo centro se ubicó en Huantar, La
Libertad. El arqueólogo Marco Curatola encuentra cierta
relación entre la representación iconográfica Chavín del
Obelisco Tello
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y el mito de Achkay
(5)
.
Este nos cuenta que durante una época de hambruna
general, dos hermanitos, niño y niña, llegan a Chavín de
Huantar, donde Achkay y su hija Oronkay fingen acogerlos
cariñosamente. Por la noche dan muerte al niño y la
hermana alertada por una rana huye con los restos del
hermanito, llegando al territorio de los «kullkush»
(6)
,
quienes transforman al niño en «kashmi» (perrito blanco)
que se convierte en su compañero en su huida hacia el
altiplano, alcanzando finalmente el cielo. Allí, éste se
transforma en «Ongoy» (la constelación de las Pléyades),
según una versión, o en «Achachi Ururi» (la Estrella de
la Mañana), según otra. La niña se convirtió, sin
embargo, en «Apachi Ururi» (la Estrella de la Noche).
Desde entonces estos astros son la guía de viajeros,
pastores y agricultores.
La
trascendencia del perro también repercutió en las
expresiones artísticas de la Cultura Nazca (100-700
d.C.), donde su cerámica se caracterizó por ser
básicamente naturalista durante su segunda fase. Muy
sobria y refinada, recubiertos de rojo con diseños de
plantas, frutos y animales, donde también son frecuentes
las representaciones escultóricas de frutos y animales
policromados, donde el perro sin pelo es representado
con realismo admirable.
Debemos
recordar, además, que el perro figura en el repertorio
de los petroglifos de la Pampa de Ingenio.
A este hecho se asocia la existencia en la
Pampas de Nazca, famosa por las líneas que forman
distintas figuras zoomorfas, principalmente, de un
geoglifo
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que ha sido interpretado como el de un perro. Nada raro
porque siempre se le atribuyó el papel de
sirviente
de las divinidades de las montañas. A poca distancia de
Nazca aún persiste la creencia que los perros acompañan
a los espíritus de los muertos al cerro Coropuna.
La Cultura Vicus (500 a.C. -
400 d.C.), cuya denominación debe al nombre de un
cerro situado en terrenos de la antigua hacienda Pabur,
a unos 50 Kms. al este de Piura, no se rezagó en este
sentido y a través de su cerámica pudo mostrárnoslo con
las mismas características que conserva hasta nuestros
días. Su cerámica expresa un manejo excepcional en el
arte escultórico o plástico, ya que adicionalmente, las
figuras moldeadas y otros sectores del recipiente son
pintados con diseños rojos y/o con la llamada técnica de
decoración negativa
(8)
.
Son frecuentes las esculturas antropomorfas, fitomorfas
y zoomorfas, que para un mejor entendimiento mostramos
la imagen de un ceramio con asa de forma globular, donde
la parte superior es coronada por la cabeza de un perro
sin pelo.
Más de 1000 años antes del comienzo del Imperio Inca, un
pueblo que hoy llamamos Mochica
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(100 a.C - 700 d.C) alcanzó su pleno desarrollo en la
llanura costera del Perú. Aunque ignoraban todo acerca
de la escritura, los mochicas transmitieron la
representación de sus actividades y de su entorno en su
arte, medio de expresión particularmente vivo. La
cerámica es el medio de expresión más común y el mejor
conocido del arte mochica. Más del 90% de restos
conservados es cerámico y casi todos los temas
representados en cualquier otra técnica aparecen también
bajo la forma de recipiente de barro cocido.
Los
moches fueron famosos por interpretar en sus huacos las
distintas facetas de su sociedad, la personalidad de su
señor, de sus costumbres y ritos, expresiones humanas en
sus distintos estados de ánimo, aves y otros animales,
de donde destacamos al perro sin pelo con quien convivió
y tuvo como fiel compañero, ganándose un lugar dentro de
la familia.
El
perro en general, dentro de la iconografía
moche aparece en casi todas las representaciones
de la actividad mochica, casi siempre cerca del
sacerdote-guerrero o del personaje principal. Este
hecho, hasta entonces solo observado en las escenas
pintadas en cerámica, tuvo su confirmación en 1987,
cuando el arqueólogo Walter Alva descubrió en el centro
de una gran plataforma de barro conocida como "Huaca
Rajada", la tumba de un gobernante,
guerrero
y sacerdote moche a quien llamó con el nombre del Señor
de Sipán. El primer hallazgo fue de un guardián con los
pies amputados, simbolizando la obligación de permanecer
en su sitio para siempre. Luego en una caja mortuoria
descansaba el Señor de Sipán que se hallaba rodeado de
ocho esqueletos de sirvientes, dos concubinas y un
perro.
Gran parte de los ceramios desenterrados que
representaron al perro sin pelo han sido hallados en los
centros de desarrollo de la
Cultura Sicán
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(900-1100 d.C.), llamada así por el Proyecto
arqueológico de Sicán.
Al observarlos podemos destacar el conocimiento que
tenían de esta especie canina representándole en
distintas actitudes y facetas de su desarrollo. Es así
que podemos verlos al momento de su apareo, en actitud
vigilante, alimentándose, así como en instrumentos de
viento como cornetas y silbatos, por decir lo más
representativo. Algunos ceramios los muestran llevando
collares lo cual puede interpretarse como una forma de
identificación, quizás permitiendo - sin proponérselo-
una suerte de selección, lo cual unido a su fuerza
genética le permitió remontar siglos de olvido, hasta
nuestros días.
El
decaimiento de la Cultura Sicán dio paso a
una nueva, la Cultura Chimú (1100-1470
d.C.), que comprendió un período de transición entre la
hegemonía Wari (700- 1100 d.C.) y la Inca (1100-1470
d.C.). La mayor cantidad de ceramios pertenecen a esta
cultura que al igual que los moches representaron sus
distintas etapas de vida, amamantando sus crías que al
igual que hoy en día evidencian un número reducido,
descansando plácidamente, y otros tantos
momentos.
Acogidos dentro del hogar, retribuyeron con su trabajo,
alertando a sus moradores ante cualquier incursión de
vecinos en busca de conquista, y también exterminando
los roedores y sabandijas que amenazaban las cosechas.
Otros estados regionales en épocas pre-incas plasmaron
en su arte al perro sin pelo. La
Cultura Chancay (1000-1470 d.C.) con sus
hermosas
vasijas en su estilo negro sobre blanco también
representó el ciclo vital del perro sin pelo. Quizás las
dos más representativas son los que nos muestran una
vasija biglobular representando el coito, notándose que
las asas son las extremidades del macho; y el otro nos
muestra al perro sin pelo en una actitud vigilante.
Establecido el Tahuantinsuyu, los Incas procedieron a su
organización política y social, donde la expansión del
estado tuvo como origen el sistema de la reciprocidad
(11)
,
además de la redistribución y, en menor escala, el
intercambio existente sobre todo en la costa. En
numerosos casos se producían anexiones territoriales de
modo pacífico, pues era preferible aceptar los
ofrecimientos de reciprocidad con el Inca que ir a una
dudosa guerra de temibles consecuencias para la etnia
perdedora. Esto favoreció la rápida expansión Inca que
obligó a sus gobernantes a buscar nuevas fuentes de
suministro para retribuir a los señores locales. La
enorme extensión del estado tuvo, sin embargo, bases muy
frágiles que motivaron su colapso cuando aparecieron las
huestes de Pizarro.
Por el norte llegaron hasta Loja y por el sureste hasta
Tucumán y La Plata, en el actual Ecuador y Argentina.
Era indispensable el repoblamiento de los nuevos
territorios con inmigrantes o «mitmaq»
provenientes de etnias afines a los Incas, para que
cumplan tareas a favor del estado. Es así, por ejemplo,
que al Cuzco fueron trasladados los artesanos chimúes,
para la elaboración de fina orfebrería para el Inca y la
nobleza. Estos arribaban con sus pertenencias y animales
domésticos, de allí la amplia difusión del perro sin
pelo por Sudamérica, conociéndosele en Bolivia como "ccala"
boliviano, y al norte de Argentina como perro "pila".
En
la cerámica, pese a la afinidad con algunos vasos
mochicas y chimúes, se manifiesta en su fase temprana un
mayor avance desde el punto de vista técnico, lo que no
sucede en el plano artístico, ya que en esta etapa
predomina una alto grado de estereotipación y una
disminución de la calidad y realismo de las
representaciones. La Cultura Inca aportó nuevas formas,
pero no la técnica de fabricación ni los modelos
decorativos,
constituyendo
lo que ha venido denominándose como el estilo chimú-inca.
Mostramos en esta ocasión algunos ceramios
representando al perro sin pelo, correspondientes a este
estilo.
Cuando Melchor Verdugo, encomendero y miembro de la
hueste perulera llegó a las serenas playas de la después
bautizada provincia de Trujillo en el año 1534, una masa
informe de perros sin pelo lo rodearon ladrando hasta
desencajarse. Junto con él había llegado "Bobo", su
perro lebrel. De dimensiones equinas más que perrunas, "Bobo"
de un solo ladrido espantó a los «viringos»
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y en un solo mordisco se llevó por lo menos un par de
cabezas. Pocos años después el maldito lebrel pasaría a
la historia por comerse al hijo del cacique de Cuismanco.
Sin duda, la sobrevivencia y conservación del
Perro sin pelo del Perú durante el Virreinato y
la naciente República se debió a la gente del campo
costeño que guardó para sí viejas tradiciones y
costumbres, utilizándole como remedio eficaz para
combatir el reumatismo y otra serie de males como así lo
detallla Hermilio Valdizán en su tratado de "Medicina
Popular" editado el siglo pasado. No solo sus cualidades
curativas favorecieron su aceptación, sino también por
sus dotes de exterminador de roedores, los que
ocasionaban grandes perjuicios durante la cosecha.
Asimismo, su recelo y desconfianza hacia el extraño lo
convirtieron en magnífico vigilante. En la actualidad,
criado en el campo suele desarrollar su instinto
cazador, además de sobresalir como un excelente perro de
compañía, cualidades que conserva desde tiempos
antiguos. De allí, que hablar de una reliquia viviente
no es aventurarse lejos de la realidad.
Hoy su futuro depende de todos nosotros, donde el Kennel
Club Peruano tiene la principal responsabilidad en la
defensa y protección de nuestra única raza reconocida a
nivel mundial.
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PERRO SIN PELO DEL PERÚ: |
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FECHA DE PUBLICACIÓN DEL
ESTÁNDAR ORIGINAL: |
12/06/1985 |
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FECHA DE APROBACIÓN DEL
ESTÁNDAR VIGENTE: |
13/03/2001 |
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NUMERO DE ESTÁNDAR : |
310/25.04.2001/E |
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UTILIZACIÓN :
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Perro
de Compañía |
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CLASIFICACIÓN DE LA FCI : |
Grupo
5 (Perros tipo Spitz y tipo Primitivo).
Sección (Perros tipo Primitivo)
Sin prueba de trabajo. |
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